Ayer me vi la cabalgata del carnaval desde el balcón de mi abuela. Hacía más de 15 años que no lo hacía. Yo creo que incluso más. Siempre por cabalgata de carnavales o Reyes, más de carnavales, íbamos mis cuatro hermanos y yo a casa de mi abuela a pasar la tarde y ver a la familia. Nos subíamos a sillas porque no llegábamos, o poníamos cojines en la barandilla porque se nos marcaba en los brazos de apoyarnos en ella. Gritábamos los nombres de nuestros vecinos a ver si nos oían entre todo el jolgorio, y nos escondíamos para cuando miraban, niños! :)
Llovió antes, durante y después, incluso dudé en ir o no, para ver una cabalgata deslucida con la cantidad de huecos que se crean no merece la pena, pensé. Pero como me aburría mucho en casa y empecé a oír las musiquillas de las carrozas me animé.
Ya había oscurecido, sí que habían huecos y no aguanté hasta el final. Acabó de pasar por Mesa y López a las 11 de la noche, llegaría a San Telmo pasadas las 12, seguro.
Desde mi balconcito, ahora no tan balconcito porque mi abuela hace años que lo cerró con ventanas, veía yo las mascaritas corriendo de un lado a otro, gente que dudaba si ponerse detrás de esta carroza o la próxima, que quizá tuviese mejor música. Los espectadores, estos si, menos que otros años, abriendo y cerrando paraguas, intentando controlar a los niños y que no les quitasen la primera fila. Me alucinó como nadie se marchó. Las mascaritas con nada más que el disfraz, casi siempre bastante ligerito ni se inmutaban. Había de todo, grupos de adolescentes los más, pero también familias con todos sus miembros disfrazados, parejas, el típico solitario, todos!
Lo que siempre me gustaba ver cuando estaba allí en el balcón, era a otros vecinos haciendo lo mismo, eso me daba un sentimiento de "belong" a ese barrio y a su gente. Veías a vecinos asomados a las ventanas o a los balcones, entrando y saliendo, como hacemos todos, para aguantar mejor el frío, o el hambre, si daba , o el aburrimiento, que ha habido veces que también.
Pero claro, después de casi 15 años, apenas quedaba nadie reconocible. Sólo la familia hindú de la casa de enfrente y la familia de ricachones del piso de arriba, más viejos y distintos. De resto, gente que nunca ví. Y me dije las cosas cambian claro, y tampoco había tanta gente asomada...
Te das cuenta de como pasa el tiempo, pero también piensas, qué bien que estoy todavía aquí!, y cuantas vueltas da la vida, y todas esas cosas tan manías,... que yo también soy muy manía a veces.
En el balcón de nuestra vecina Dorita, estaba ella con su hijo Adolfo y sus nietos, un clásico! y me dije guau!, y me sentí bien, aquel seguía siendo mi barrio.